Sermón del hombre pobre
(tomado de Los Sermones del Maestro Eckhart)
(tomado de Los Sermones del Maestro Eckhart)
“Bienaventurados los pobres de espíritu
pues de ellos es el Reino de los Cielos”.
Los Angeles, los santos y todo
lo que ha nacido jamás deben acallarse cuando la eterna Sabiduría del Padre
habla. Porque toda la sabiduría de los Angeles y de todas las criaturas es pura
necedad ante la insondable sabiduría de Dios.
Esta ha dicho que “son
bienaventurados los pobres”. Ahora bien, hay dos clases de pobreza. Una
exterior, es buena y hay que alabarla en el hombre que la posee y la asume
voluntariamente por amor de Nuestro Señor Jesucristo, como El mismo la asumió
en la tierra.
Sobre esta pobreza no quiero decir más. Pero según las palabras
de nuestro Señor existe otra pobreza, una pobreza interior, cuando dice:
“Bienaventurados son los pobres de espíritu”.
Os ruego que estéis en esa actitud de
pobreza para poder comprender este sermón, pues os lo digo en nombre de la
Verdad eterna: si no os asemejáis a esta Verdad de la que ahora queremos
hablar, no podréis comprenderme.
Algunas personas me han preguntado que es la
pobreza en sí misma y qué es un hombre pobre.
Ahora queremos responder. El
obispo Alberto dice que un hombre pobre es aquel que no puede contentarse con
todas las cosas creadas por Dios, y es justo.
Pero nosotros diremos más y
consideraremos la pobreza en su significado más alto: un hombre pobre es aquel
que no quiere nada, que no sabe nada, que no posee nada.
Hablaremos de estos
tres puntos y os ruego, por el amor de Dios, comprender esta Verdad si podéis.
Y si no la comprendéis, no os preocupéis, porque quiero hablar de un aspecto de
la Verdad que pocas personas, incluso virtuosas, la comprenderán.
En primer lugar diremos que un hombre
pobre es aquel que no quiere nada. Algunos no entienden bien este sentido: son
las personas que se apegan a la penitencia y a los ejercicios externos a los
que dan importancia porque se buscan en ellos a sí mismas.
¡Que Dios se apiade
de ellas por tener un conocimiento tan pobre de la Verdad divina! A estas
personas les llaman santas por las apariencias externas, pero interiormente son
asnos, porque no saben discernir el sentido profundo de la Verdad Divina.
Estos
dicen bien que un hombre pobre es aquel que no quiere nada, pero lo interpretan
en el sentido de que el hombre debe vivir sin realizar en nada su voluntad y
además que debe esforzarse en cumplir la querida voluntad de Dios. Estas
personas están bien encaminadas porque su intención es buena, así pues les
elogiaremos.
¡Que Dios en su misericordia, les conceda el Reino de los Cielos!.
Pero yo digo, desde la divina Verdad, que estas no son personas pobres de
espíritu, ni incluso lo parecen. A los ojos de los demás, que no saben nada
mejor, tienen una gran consideración. Pero yo digo que son asnos que no
entienden nada de la Verdad Divina. Gracias a su buena intención, obtendrán sin
duda el Reino de los Cielos, pero de la pobreza que queremos hablar ahora, no
saben nada.
Si me preguntan qué es un hombre pobre,
que no quiere nada, diría: mientras el hombre sea tal que su voluntad sea
realizar la amada voluntad de Dios, este hombre no tiene la pobreza de la que
queremos hablar, pues este hombre tiene una voluntad por la cual quiere satisfacer
la voluntad de Dios y esta no es la auténtica pobreza. Pues si el hombre debe
ser auténticamente pobre, debe estar tan desprovisto de su voluntad creada como
lo era cuando no existía.
Desde la eterna Verdad os digo: mientras tengáis la
voluntad de realizar la voluntad de Dios y tengáis el deseo de la eternidad y
de Dios, no sois pobres de espíritu. Solo es pobre aquel que no quiere ni desea
nada.
Cuando yo me hallaba aún en mi causa
primigenia, no tenía Dios y era la causa de mi mismo; no quería nada, no
deseaba nada, pues era un ser libre y me conocía a mí mismo en el gozo de la
Verdad. Me quería a mí mismo y no quería ninguna otra cosa; lo que quería, lo
era y lo que era, lo quería y ahí estaba despegado de Dios y de todas las
cosas.
Pero cuando, por mi libre decisión, salí para recibir mi naturaleza
creada, tuve un Dios, pues antes que hubieran las criaturas, Dios no era Dios,
El era El que era.
Cuando las criaturas llegaron a ser
recibiendo a su ser creado, Dios no era Dios en sí mismo, sino que era Dios en
las criaturas.
Así pues, decimos que Dios, en tanto que
ese Dios, no es el fin supremo de la criatura, ni todas las riquezas que pueda
concebir en El. Y si fuera posible que una mosca posea raciocinio y fuese capaz
de buscar el abismo eterno de la Verdad divina del que ella procede, diríamos:
que Dios, por más que fuera Dios, no podría dar plenitud y satisfacción a esta
mosca. Por esto, rogamos a Dios que nos despojemos de Dios y podamos acoger
esta verdad y gozar plenamente de ella, allí donde los Angeles más
elevados, la mosca y el alma son iguales, allí donde yo estaba, donde quería lo
que era y era lo que quería.
Decimos pues: si el hombre ha de ser pobre de
voluntad, no debe querer ni desear sino ser tal como era cuando no era. Y de esta
manera no queriendo nada, es pobre el hombre.
En segundo lugar, es pobre aquel que no
sabe nada. En alguna oportunidad hemos dicho que el hombre debería vivir como
si no viviera ni para sí mismo, ni para la verdad, ni para Dios.
Pero ahora
iremos más lejos diciendo que el hombre que tiene esta pobreza debe vivir de
manera tal que ignore incluso que no vive ni para sí mismo, ni para la Verdad,
ni para Dios. Debe estar de tal manera despojado de todo saber que no sepa, ni
reconozca, ni sienta que Dios vive en él; más aún, debe estar despojado de todo
conocimiento vivo en él. Pues cuando el hombre se encontraba en el Ser eterno
de Dios, no vivía en él ninguna otra cosa; antes bien, lo que vivía era él
mismo. Decimos pues, que el hombre debe estar tan despojado de su propio saber
como estaba cuando no había nacido, dejando a Dios actuar según su propia
Voluntad y permaneciendo libre.
Todo lo que existe viene de Dios y tiene
como fin una actividad pura. Pero la actividad propia del hombre es amar y
conocer. Entonces se plantea la cuestión de saber dónde se encuentra
esencialmente la Bienaventuranza.
Algunos maestros han dicho que reside en el
amor, otros que en el conocimiento, otros dicen que reside en el conocimiento y
el amor, y estos aciertan mas. Pero nosotros decimos que no reside ni en el
conocimiento ni en el amor sino que más bien existe en un fondo del alma de
donde fluyen el conocimiento y el amor. Este fondo no conoce ni ama como lo
hacen las potencias del alma.
Este fondo no tiene ni antes ni después y no
está a la espera de ninguna cosa adicional, pues no puede ni ganar ni
perder. Por esto, este fondo se halla privado también de saber que Dios actúa
en él.
Este fondo goza él mismo de sí mismo, según el modo de Dios. Decimos
pues, que el hombre debe estar libre y despojado, de suerte que no sepa ni conozca
la acción de Dios en él; así es como el hombre puede poseer la pobreza. Dicen
los maestros:
Dios es un Ser, un Ser dotado de entendimiento que conoce todas
las cosas. Pero nosotros decimos que Dios ni es un Ser, ni está dotado de
inteligencia y no conoce ni esto ni aquello. Por lo cual, Dios es libre de
cualquier cosa por tanto El es todas las cosas.
Aquel que debe de ser pobre de
espíritu debe ser pobre de su propio saber, de forma que no sepa nada de nada,
ni de Dios, ni de la criatura, ni de sí mismo. Para conseguirlo es necesario
que el hombre tienda a no saber ni conocer nada de las obras de Dios. De esta
manera el hombre puede ser pobre en su propio saber.
En tercer lugar, es pobre el hombre que
no posee nada. Muchas personas han dicho que la perfección consiste en no
poseer ningún bien material, y en un sentido es verdad para los que lo realizan
voluntariamente. Mas este no es el sentido al cual me refiero yo.
Acabo de
decir que un hombre pobre es aquel que no solamente no busca hacer la voluntad
de Dios, sino que vive de tal forma que está liberado de su voluntad
propia y de la voluntad de Dios, como estaba cuando no existía. Decimos que
esta es la pobreza más alta.
En segundo lugar, hemos dicho que un hombre pobre
es aquel que no sabe nada de las obras que Dios opera en él. Quien así
está libre del saber y del conocer, lo mismo que Dios está liberado de
toda cosa, posee la más pura pobreza. Pero la tercera, de la cual queremos
hablar ahora, es la más íntima y la más auténtica: la del hombre que no tiene
nada.
¡Considerad esto con empeño y seriedad!.
Hemos dicho a menudo, y también grandes maestros lo han dicho, que el hombre
debe estar libre de toda cosa y de toda obra, tanto interiores como exteriores
de forma que pueda ser lugar propio de Dios donde El pueda actuar.
Ahora
decimos otra cosa. Si el hombre se ha liberado de las criaturas, de Dios y de
sí mismo, pero si todavía es algo donde Dios encuentra un lugar donde actuar,
decimos: mientras esto sea así en este hombre, este hombre no vive la extrema
pobreza.
Pues en sus actuaciones, Dios no busca un lugar en el hombre donde
pueda actuar; la pobreza de espíritu es que el hombre está de tal manera libre
de Dios y de todas sus obras que Dios, si quiere actuar en el alma, sea El
mismo el lugar donde quiere actuar, y esto lo hará con mucho gusto. Pues cuando
Dios encuentre al hombre en tal pobreza, realizar su propia obra y el
hombre existir para experimentar a Dios en él. Siendo Dios el Hacedor en
sí mismo, el hombre, en esta pobreza, reencuentra el Ser eterno que ha sido,
que es ahora y que ha de ser eternamente.
San Pablo dice: “Todo lo que soy, lo soy
por la Gracia de Dios”. Ahora bien, nuestro discurso parece situarse por encima
de la Gracia, del Ser, del Conocimiento, de la Verdad y por encima de todo
deseo. ¿Cómo, entonces, puede ser verdadera la palabra de San Pablo?. Sobre eso
podemos responder que las palabras de San Pablo son verdaderas. Era necesario
que la Gracia estuviera en él.
Pues, habitando la Gracia en él, permitió que lo
que era “accidente” se convirtiera en “substancia”. Cuando la Gracia hubo
terminado su obra, Pablo permaneció lo que siempre había sido.
Decimos, pues, que el hombre debe de ser
tan pobre que no tenga ni posea en él ningún lugar donde Dios pueda actuar.
Mientras reserve una localización, cualquiera que sea, mantiene una diferencia.
Por esto, ruego a Dios que me libere de Dios, pues mi ser esencial está por
encima de Dios, en cuanto consideramos a Dios como principio de las criaturas.
En esta divinidad, tal como yo la he descrito, donde Dios está por encima
de todo ser y de toda distinción, ahí yo era mí mismo, me quise a mí mismo y me
conocí a mí mismo, para hacer este hombre que soy y por ello soy la causa de mí
mismo y me conocí a mi mismo, para hacer este hombre que soy y por ello soy la
causa de mi mismo según mi esencia que es eterna, y no en cuanto a mi devenir
que es temporal.
Y por ello, soy un no-nacido y según mi virtud de no-nacido no
puedo morir jamás. En virtud de mi nacimiento eterno, he sido eternamente, soy
ahora y permanecer eternamente.
Lo que soy a causa de mi nacimiento,
habrá de morir y de aniquilarse, pues está destinado a desaparecer y
a corromperse con el tiempo.
Pero en mi nacimiento eterno, todas las cosas
nacieron y soy la causa de mí mismo y de todas las cosas. Si hubiera querido,
no sería yo, ni serían todas las cosas, y si yo no fuera, tampoco sería Dios
Que Dios sea Dios yo soy la causa; si yo no fuera, Dios no sería Dios. Mas no
es de primera necesidad saber esto.
Un gran maestro ha dicho que su apertura
es más noble que su emanación, y es verdad. Cuando yo fluía de Dios, todas las
cosas dijeron: Dios es.
Esto no puede, no obstante, hacerme feliz pues así solo
me conozco en tanto que criatura. Pero en la apertura, donde estoy libre de mi
propia voluntad y de la de Dios y de todas sus obras y de Dios mismo, estoy más
allá de todas las criaturas y no soy ni Dios ni criatura. Sino que soy mucho
más, soy lo que yo era, lo que permanecer‚ ahora y siempre. Ahí, recibo un
impulso que me eleva por encima de todos los Angeles. En este impulso,
recibo una riqueza tal que Dios no puede serme suficiente con todo lo que es
como Dios y con todas sus obras divinas.
En efecto en esta apertura recibo el
don de que Dios y yo somos Uno. Allí soy lo que era, no crezco ni sufro mengua,
ya que soy una causa inmóvil que mueve todas las cosas.
Entonces Dios no
encuentra ya lugar en el hombre, pues a causa de esta pobreza el hombre
redescubre lo que ha sido eternamente y lo que seguir siendo por siempre
jamás. Aquí Dios es uno con el espíritu y ésta es la suprema pobreza que se
puede hallar.
Quien no comprenda este discurso que no
se aflija en su corazón. Mientras un hombre no está‚ a la altura de esta
Verdad, no puede comprender el alcance de lo que presento, pues se trata de una
Verdad inmediata y que surge sin velo directamente del corazón de Dios.
Que Dios nos ayude a poder vivir de modo
tal que la experimentemos eternamente. Amen.
Meister Eckhart


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